Vivencias

Enero 1 de 1993. Valparaíso es el principal puerto de Chile y allí todas las noches de año nuevo se desarrolla el evento pirotécnico más grande de Sudamérica. A partir de las 00:02 hay un impresionante despliegue de fuegos artificiales que iluminan el muelle, la bahía, barcos, calles y cerros cercanos.

Es tan impactante el espectáculo de luces, colores, figuras que se forman sobre el cielo, sonidos que retumban por todos lados y efectos especiales, que las emociones, sensaciones, sentimientos de satisfacción y alegría llegan a niveles pocas veces experimentadas y uno desea que ese momento no acabe. Las miles de personas que se congregan rebosan de alegría y se saludan deseándose la mejor de las suertes para el nuevo año.

Estaba inmerso en estas emociones cuando imaginé el día que Jesús aparezca en el cielo por segunda vez. El espectáculo de luces, colores y sonidos incentivarán las más sublimes emociones de gozo, alegría, satisfacción y triunfo. Pensé que lo que estaba experimentando era una excelente representación a escala humana, del regreso de Jesús.

Febrero 27 de 2010. Santiago es la capital de Chile, son las 3:34am del sábado y la ciudad duerme. Siento que empieza a temblar y me despierto. Como en el país de mi esposa casi no tiembla, le tomo la mano para tranquilizarla y le digo que está temblando, pero algo me dice que esta vez se trata de algo diferente.

Apenas termino de hablarle, se produce un ruido estremecedor y el departamento empieza a moverse sin control. Rápidamente saltamos de la cama para refugiarnos y esperar que termine, pero el sonido de la tierra es cada vez más ensordecedor y el movimiento es más violento. ¡Es un terremoto!

Nuestro departamento parece que está adentro de una licuadora, las cosas caen al suelo, las puertas se abren y cierran con violencia, los muebles se corren, la lavadora, la cama, el refrigerador, la cocina y la máquina de ejercicios se salen de sus posiciones con una facilidad que atemoriza, mientras vecinos aterrorizados bajan gritando por las escaleras del edificio escapando de la destrucción y llamando a salir a la calle.

Estamos muy asustados y fuertemente abrazados porque el movimiento es tan violento que no nos permite mantenernos en pie. Las paredes de la casa empiezan a crujir, luego a partirse y cuando un pedazo me cae en la espalda, imagino que todo se viene abajo y le grito a Carolina ¡tenemos que arrancar!. Desesperados corremos hacia la puerta para salir pero con el nerviosismo más la oscuridad no encuentro la llave, entonces corremos hacia el patio esquivando y saltando muebles, sillas y cosas que hay tiradas por el suelo.

Carolina alcanza a salir pero rápidamente la tomo del brazo para meterla devuelta a la casa porque justo en ese momento el techo del edificio y los vidrios de los departamentos superiores empiezan a caer sobre nuestro patio y nos pueden cortar o aplastar.

Las paredes exteriores del último piso están cayendo y el edificio entero cruje, tengo miedo que haya una tragedia mayor, pero salir a la calle o al patio es una trampa mortal y quedarse adentro también. La angustia más la impotencia de no poder darle más protección a Carolina me hacen sentir miserable y entregados a nuestra suerte, aunque la escucho pedirle a Dios que tenga misericordia de nosotros, que nos salve.

Pero el terremoto se hace más violento todavía, las fuerzas y furia de la naturaleza no saben de límites ni compasión, la sensación de destrucción es terrible y solo nos queda esperar abrazados que caiga el edificio, que se detenga el terremoto…o ambas cosas.

Han pasado casi 3 minutos –el mismo tiempo que has demorado en leer hasta aquí- y el terremoto paró.

Con la adrenalina al máximo nos vestimos y salimos rápidamente del departamento. El espectáculo que vemos es sobrecogedor, gente con la mirada perdida, algunos llorando, gritando, gimiendo, lamentándose y otros pidiendo explicaciones, mientras nos envuelve una espesa nube de polvo que sube desde el suelo.

Corro al auto a buscar la linterna para ver la destrucción de nuestro departamento. Aunque todavía en pie, vemos que las paredes se partieron y la entrada como el patio está llena de vidrios, fierros y material de construcción.

Rescatada de la destrucción la llamada "bandera de la esperanza"

Atemorizado subo al segundo piso para saber de nuestros vecinos, pero no he dejado de pensar en mi familia que viven en los pisos 4, 10 y 17 de sus edificios. Como los teléfonos colapsaron y no hay forma de comunicarse, con angustia y desesperación manejo por las calles oscuras de Santiago hasta sus casas. Carolina intenta calmarme pero no puedo porque la radio informa que en Santiago el terremoto fue de 8,3 grados Richter y más al sur 8,8 –según la BBC, 500 veces más poderoso que el de Haití-. En ese momento tiembla y el auto se sacude en medio de la calle con nosotros adentro.

Finalmente cerca de las 7am logramos reunirnos todos, hablamos con mis padres quienes a más de 800 kms de distancia también sufrieron el terremoto, y horas después pudimos hablar con la familia de Carolina.

Sin duda Dios nos había protegido, pero sigue temblando.

Mientras se desarrollaba esta tragedia, imaginé lo mismo que en 1993, la 2da venida de
Jesús. Pero esta vez mis sentimientos fueron de angustia, miedo, impotencia, quebrantamiento del espíritu y muerte. Concluí que aunque a una escala muy menor, el terremoto era una perfecta representación de lo que algunos vivirán ese día.

Al escribir esto han pasado poco más de 2 meses. Producto del terremoto el edificio fue declarado inhabitable y tuvimos que desalojarlo hasta que decidan su futuro: demolición o reconstrucción.

Sin embargo las fuertes emociones vividas nos acompañarán por siempre y no dejarán de hacerme pensar en el contraste que se producirá cuando Cristo regrese. Ese día, unos celebrarán bajo un cielo multicolor y otros rogarán desesperados que la tierra deje de sacudirse.

¿En qué grupo tengo planes para estar junto a mi esposa? De todas maneras, en el primero.

¿Y tú?

Caracas, mayo 2010.