En Memoria de Mí

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Una vez que Jesús lavó los pies de sus discípulos, todos se sentaron alrededor de la mesa para compartir lo que se conocería como La Ultima Cena.

El pan…

Al día siguiente de haber alimentado a una gran multitud a partir de unos pocos peces y panes, Jesús declaró a los que le rodeaban: Yo soy el pan de vida. Para ellos estas palabras no les fueron indiferentes porque el día anterior se habían saciado de pan y en pocos días se celebraría la fiesta más importante de los judíos, La Pascua, donde el pan era un elemento fundamental y Jesús estaba declarando con autoridad ser la personificación de ese pan.

La relación Jesús-Pan había comenzado en Belén en un manger, o como lo conocemos en español en un establo. Según los arqueólogos, el lugar físico donde nació Jesús era usado como una bodega para almacenar comida y también para proteger a los animales durante el invierno.

Por otro lado, Belén la ciudad elegida para tal sobrenatural acontecimiento, en su traducción original significa (la) Casa del Pan.

El vino…

El casamiento estaba por llevarse a cabo, la ceremonia más importante ya tendría lugar y al novio le faltaba realizar una última visita a su prometida para confirmar el pacto ya que todavía cabía la posibilidad de que ella se arrepintiera. El novio no pensaba en que eso ocurriera, pero siguiendo la tradición la visitaría para sellar el compromiso, previo a la ceremonia nupcial.

Entonces partió a casa de la novia llevando consigo un vaso y un poco de vino. La novia salió a su encuentro, ella sabía lo que iba a pasar, lo que tenía que hacer y decir. Ella ya había tomado una decisión definitiva.

Cuando estuvieron frente a frente, rodeados por los más cercanos amigos y familiares, el novio con voz fuerte, clara y segura le dijo a la novia: Todo lo que tengo y lo mejor de mí, es para tí.

Una vez terminado su discurso, tomó un sorbo del vaso lleno de vino, para luego entregárselo a su prometida.

La mujer, teniendo la posibilidad de romper el compromiso le respondió: Acepto lo que me ofreces, y te digo que todo lo que tengo y lo mejor de mí, es para tí. Entonces, luego recibir el vaso y como señal de aceptar el ofrecimiento y hacer valer su compromiso, tomó un sorbo de él.

Con este acto, la ceremonia matrimonial estaba confirmada, ya nada la podría evitar. Ambos se habían prometido entregar lo mejor de cada uno al otro, sin condiciones.

Pan y Vino…

Era jueves, ya el día estaba terminando cuando Jesús tomó el pan, lo partió y empezó a repartirlo entre sus discípulos para que comieran. Mientras lo recibían y comían, comenzaron a relacionar las palabras que Jesús les estaba declarando esa noche con las que habían escuchado tiempo atrás:

El pan, este es mi cuerpo que por vosotros es partido. Yo soy el pan de vida, el que viene a mí no tendrá hambre jamás. Yo soy el verdadero pan de Dios que viene del cielo y que da vida al mundo.

Luego tomando una copa de vino, la entregó a sus discípulos para que la compartieran entre ellos. Mientras la recibían, atentamente escuchaban las palabras de Jesús y recordaban otras del pasado reciente:

El vino es mi sangre que será derramada como sacrificio por ustedes. Si no bebes la sangre del Hijo del Hombre no tendrás vida eterna con él.

Pero además relacionaron este acto del vino con una práctica conocida e incluso vivida por algunos de los presentes, el pacto matrimonial, por eso al recibir la copa y tomar de ella, le estaban diciendo a Jesús: acepto lo que me ofreces y lo mejor de mí te lo doy a tí. Era la confirmación de que estaban dispuestos a seguirle hasta el fin.

Hoy, dos mil años después de esa cena que tuvo lugar en Jerusalén, seguimos comiendo del pan y tomando de ese vino sin fermentar. Cuando participemos nuevamente de este rito y comamos del pan, recordemos al Pan de Vida que nació en la Casa del Pan, cuyo cuerpo fue quebrantado para darnos vida. Al tomar del vino recordemos que la sangre vertida por nosotros nos dio vida y en respuesta a ese sacrificio y ofrecimiento, voluntariamente tomanos la copa, la llevamos a nuestra boca y a través de ese acto decimos: Jesús te acepto y al beber de este vino te doy lo mejor de mí.

Quien coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna, y le levantaré de los muertos en el día postrero. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.

Haced esto, en memoria de mí.

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