Hasta el Fin

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El capítulo 13 del evangelio de Juan comienza con las emocionantes palabras: “Antes de la celebración de la Pascua, Jesús sabía que su hora había llegado para dejar este mundo y volver a su Padre. El había amado a sus discípulos durante su ministerio en la tierra, y ahora los amó hasta el fin” (NLT). 

Durante la celebración pascual, Jesús  derramó todo su amor por sus discípulos en una cena íntima, donde mediante actos y un discurso les dio ánimo, consuelo,  poder, esperanza, para finalmente interceder por ellos ante el Padre.

El pastor nuevamente, como lo había hecho durante todo su ministerio, estaba apacentando su rebaño más íntimo. Estaba cuidándolos, alimentándolos y enseñándoles nuevas cosas, incluso en la hora más oscura.

No deja de impactar este relato al ver a Jesús haciendo todo esto por los suyos, aun sabiendo que esa misma noche uno lo entregaría, otro lo negaría y absolutamente todos arrancarían dejándolo solo.

Pero aun así, decidió amar a sus discípulos hasta el fin.

Jesús después de lavar los pies a sus discípulos, les dio un nuevo mandamiento. En estricto rigor no era nuevo, ya que está registrado en Levíticos 19:18, pero era necesario recordarlo de esa manera. Durante esa noche, Jesús declaró en 3 ocasiones, 4 veces la misma orden.

“Un nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros.  Como os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros.” (Juan13:34).

“Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Juan 15:12).

“Esto os mando: que os améis los unos a los otros” (Juan 15:17)

Posteriormente Pedro y Juan, testigos oculares y oidores de esas palabras dieron el mismo consejo en sus respectivas cartas apostólicas.[i]

Los autores Smalley y Trent[ii] dicen que la base para construir relaciones perdurables es el honor y el respeto y que la forma de honrar a otra persona es aceptándola tal como es.

Mi esposa me contó la anécdota de una mujer que estaba en el cementerio colocando flores en la tumba de su esposo. Al lado de ella se encontraba un hombre de algún país de oriente colocando un plato de arroz en la  tumba de su amada.  La mujer encontró esto tan ilógico, casi ridículo, que le dijo al hombre:

-¿Para qué le pone comida?  ¿acaso cree que su difunta esposa puede comérsela?

El hombre respetuosamente le contesto:

-¿Y acaso usted cree que su difunto puede oler sus flores?

Esta anécdota muestra que nosotros somos quienes decidimos darle valor a una persona y ese valor se manifiesta en actos que a otros pueden parecer ilógicos, pero que de acuerdo a nuestro conocimiento o cultura, tienen un significado muy profundo que posiblemente no todos entenderían.

Por mucho tiempo pensé que la forma de adorar era la que había visto en mi país o continente. Tuve la oportunidad de asistir a una iglesia latina en New York, USA y el estilo era el mismo que vi en una de Mendoza, Argentina y que vi en Isla de Pascua en Chile y en Caracas, Venezuela. Por eso, para mi fue un choque cultural grande el compartir con hermanos de islas como Cook Island, Tonga, Samoa, Fidji o Tahiti.

Esa experiencia me sirvió para darme cuenta de la diversidad de formas de adoración alrededor del mundo dentro de una misma denominación. Cada región geográfica tiene un estilo de adoración de acuerdo a su cultura, es por eso que no puedo pretender que en Tailandia los miembros de la Iglesia Adventista adoren igual como lo hacen en Brasil, ni que se vistan igual a los de India, ni que tengan la misma liturgia que los de Alemania, ni que canten los mismo himnos que en Bangladesh.

Pero hay algo que puedo hacer y eso es honrarlos.

Smalley y Trent[iii] hacen una pregunta interesante, dicen ellos: pues si el honor es la base para toda relación saludable, entonces ¿cuál será la estructura o pilares que la sostienen? Responden que únicamente el amor,  pues el amor junta la razón y la emoción, involucrando la voluntad.

Esto requiere de disciplina y constancia porque no es fácil aceptar a personas diferentes a nosotros y mucho menos realizar actos de servicio por ellas. Pero si primeramente amamos y honramos a Dios, él nos ayudará a amar y honrar a quienes nos rodean.

Amar es una elección que hacemos, es una decisión que tomamos. ¿Te parece haber leído esto antes?.

Recuerda el momento cuando escuchaste los votos matrimoniales, el pastor preguntó: ¿Prometes…hasta que la muerte los separe?  En ese momento tenías toda la libertad para decir sí ó no. No te estaban haciendo una pregunta del tipo ¿te gustaría? sino que era una pregunta que exigía una respuesta definitiva que estaría de acuerdo a una decisión que habías hecho.

Jesús dijo que debemos amarnos unos a otros de la misma forma como él nos amó. El amor del cual habla Jesús no solo muestra respeto, sino que también realiza actos de servicio, incluso sacrificios.

Bien escribió el apóstol Juan “queridos amigos, no les estoy escribiendo un nuevo mandamiento; sino que uno antiguo que ustedes ya tenían desde el principio.  Este antiguo mandamiento –amaos unos a otros- es el mismo mensaje que escucharon antes. Pero al mismo tiempo también es nuevo. Jesús vivió la verdad de este mandamiento, y ustedes también la están viviendo. Porque las tinieblas están desapareciendo, y la luz verdadera ya está alumbrando” (1Juan 2:7,8 NLT)

Amar es una decisión…Jesús decidió amarnos y hasta el fin.


[i] Ver 1Pedro 3:8; 2 Juan 5, 6.

[ii] SMALLEY, Gary; TRENT, John. “El amor es una decisión” Grupo Nelson, 1990.

[iii] Ibid

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